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Marifé de Triana y mi memoria histórica

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16 de febrero de 2013 por La lente violeta

En el I Congreso Internacional de Comunicación y Género celebrado en Sevilla en marzo de 2012, tuve el placer de escuchar a María Rosal (profesora de Didáctica de la Literatura y Literatura Infantil en la Universidad de Córdoba y Premio Carmen de Burgos de Ensayo 2010) en una ponencia sobre el machismo en la copla. Quedé impresionada.

En su obra ‘Poética de la sumisión’, María Rosal analiza y desmenuza 70 coplas escritas y popularizadas entre los años 1933 y 1970 que como ella misma explica, reproducen continuamente los mismos arquetipos patriarcales “de mujeres encerradas en los espacios privados, ya sea el hogar o el convento, a la espera de la promesa de matrimonio. También analizo otros personajes marginales como la madre soltera o la prostituta, sin olvidar la solterona, objeto de burlas”.

El tema me fascina, porque siempre he sido muy coplera. Me viene de herencia (quizás por parte de mi bisabuela que era de Granada). Pero hoy ha muerto Marifé de Triana y voy a dejar en cierta forma la reivindicación contra la cultura patriarcal a un lado, para hablar de Cruz Sánchez, mi abuela materna y gran admiradora de la cantante y, por extensión, de mi familia y de mí. Con vuestro permiso, ahí va.

Mi madre cuenta a menudo que mi abuela (mi iaia) -a la que a penas conocí porque murió cuando yo tenía 10 meses- cantaba siempre por Marifé mientras cocinaba -en ese espacio privado destinado a las mujeres-. En concreto cantaba la siguiente canción:

Mis abuelos maternos emigraron a principios de los 60 junto a mi madre y el resto de mis tíos desde Cehegín (Murcia) a Barcelona. Años después, en plena Transición, mi padre se trasladó también a Cataluña proveniente de un pequeño pueblo de la provincia de Zamora. Yo nací en Barcelona en 1984. Soy hija y nieta de emigrantes. De aquellos que se vieron obligados a abandonar el pueblo para buscar mejores oportunidades en alguna capital. Y las oportunidades (aunque ahora nos las quieran quitar) llegaron. Quizás no para ellos directamente, pero sí para las generaciones venideras.

Mi abuela trabajaba como empleada del hogar, al igual que lo han hecho mis tres tías durante toda su vida laboral, inmersas en otro espacio privado -las casas de otros-; dedicadas a un trabajo que ejemplifica a la perfección el cruce entre patriarcado, capitalismo y clase social; sin reconocimiento, sin derechos laborales y sujeto a regulaciones claramente discriminatorias.

Mi abuelo, que fue de la “quinta del biberón”, encontró trabajo como vigilante en una obra y se encerraba en la habitación a escuchar a La Pasionaria hablando desde la clandestinidad en La Pirenaica. Mi tío, después de varios oficios, se dedicó a la instalación de calefacciones y aires acondicionados. Paqui, mi madre, la pequeña de cinco hermanos, tuvo que dejar de estudiar a los 14 años para ponerse a trabajar en una empresa de artes gráficas, cargando pesados rollos de telas y llevándose trabajo a casa para conseguir ingresos extras. Mi padre empezó arreglando televisores, luego aprobó las oposiciones a Correos (donde ha trabajado durante más de 30 años) y estudió Geografía e Historia teniendo yo 5 años.

Todos ellos migraron para tener una vida mejor y me enseñaron -quizás indirectamente- a respetar y apreciar la diferencia, la mezcla, y a reclamar la igualdad de derechos, a valorar el esfuerzo, a no cerrarme puertas y a atreverme con los nuevos retos.

Supongo que todo ese pasado influyó en cierta manera en la decisión de marcharme a México hace algunos años a estudiar mi último año de carrera. Allí VIVÍ todo con mayúsculas. Estudié, viajé, trabajé, conocí a personas maravillosas que son como otra familia más para mí, me integré, me sentí menospreciada al cruzar a Estados Unidos, compartí el sentimiento de aquellos que viven “ilegalmente” entre los gringos, vi el crecimiento de poder del narcotráfico, me paró la policía para pedirme mordida –sobornos- (varias veces), me enamoré y desenamoré (varias veces también), conocí sabores y olores que tengo grabados a fuego en la memoria, me bañé en dos océanos distintos, descubrí realmente lo que son las clases sociales y la práctica inexistencia de la clase media, aprendí nuevos bailes, observé una cruenta campaña electoral por la presidencia del país… Y así, un larguísimo etcétera de experiencias y aprendizajes proporcionados por mi emigración o, más bien, peregrinaje voluntario.

Lo curioso es que cuando volví a Barcelona, me sentí extraña en mi propio país y el periodo de adaptación fue durísimo. Tardé más de seis meses en volverme a sentirme en casa y aprendí a vivir con un pie en cada continente.

Dos años después, conocí a mi compañero en un viaje a Perú. Él es gallego, yo catalana, y después de un año de ir y venir en aviones de Santiago a Barcelona y viceversa, decidimos mudarnos a Madrid…

Y aquí viene el presente. Todos mis primos y yo tuvimos la oportunidad de estudiar. Pero lo que mis abuelos seguramente no imaginaban es que años después, una crisis económica provocada por un capitalismo salvaje, obligaría a su nieta menor (aunque en circunstancias muy distintas) a trasladarse a Madrid para seguir estudiando e intentar encontrar un trabajo que no llegó.

Hablar del futuro sería especular y más en los tiempos que corren. De momento, mis pies vuelven a estar en Barcelona y hoy mi pensamiento recorre mis orígenes. Recupero la memoria y vuelvo a esas raíces que me forjaron y en las que sin darle mucha importancia siempre ha estado Marifé y el recuerdo de una España gris, de copla y puchero, que tiznó los sueños de mucha gente y que algunos quieren volver a imponer. Porque si algo está claro hoy en este país es que “todo es mentira, todo es quimera”.

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2 pensamientos en “Marifé de Triana y mi memoria histórica

  1. Gracias por el artículo. Es precioso.

  2. Paqui dice:

    Gracias por este repaso por tú orígenes. Espero que consigas que no nos quiten todos los derechos que tanto costó conseguir a tus abuelos .

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