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Aroma de violetas

27 27UTC abril 27UTC 2013 por La lente violeta

Hace algunos días descubrí de la forma más tonta que mi piedra de nacimiento (sí, al parecer nos corresponde una según el mes en que naciéramos) es la amatista y mi flor, la violeta. Me pareció una casualidad bonita. Todo violeta. Feminista hasta las trancas, vamos.

Aprovechando esta coincidencia, creo que ha llegado el momento de dedicarle un post a mi admirada Violeta Parra, a su música, a sus textos, a sus pensamientos, a su arte completo, complejo y heterogéneo… A Violeta.

Violeta Parra nació en 1917, en San Carlos, Ñuble, al Sur de Chile. Rodrigo Torres Alvarado de la Universidad de Chile describe a Violeta Parra como una “artista hoy reconocida como una figura mayor de la canción popular latinoamericana y una de las mujeres prominentes de la cultura chilena”. Fue cantante, compositora, poeta, bordadora de arpilleras, folclorista, pintora, ceramista…

Así hablaba ella misma de su trabajo en la última etapa de su vida:

“Yo creo que todo artista debe aspirar a tener como meta el fundirse, el fundir su trabajo en el contacto directo con el público. Estoy muy contenta de haber llegado a un punto de mi trabajo en que ya no quiero ni siquiera hacer tapicería ni pintura, ni poesía, así, suelta. Me conformo con mantener la carpa y trabajar esta vez con elementos vivos, con el público cerquita de mí, al cual yo puedo sentir, tocar, hablar e incorporar a mi alma”.

A día de hoy no hay lugar para la duda respecto a la genialidad y la brillantez de Violeta Parra, el reconocimiento a su canción de lucha; a su reivindicación de las raíces y de la identidad del campesinado través de la música popular; a su canto a la clase trabajadora, a la alteridad, a los/as de abajo, a la transgresión, a la rebeldía contra el poder, a la vida y a la muerte, a lo divino y lo humano, al “canto de todos”… ¿Cómo no reconocer esa creatividad y esa empatía con el mundo?

Violeta Parra incursionó en un mundo de hombres y vivió su vida intentando darle la espalda a la domesticidad, al modelo patriarcal y androcéntrico imperante que asociaba irremediablemente a la mujer con la maternidad y al arquetipo de mujer de la época. Así lo explica Margot Loyola en el libro Gracias a la vida (1982: 46) y su hijo, Ángel Parra (Epple, 1987: 123-124):

“El canto a lo poeta estaba definido a mediados del siglo XVIII como canto masculino, era propio del cantor popular que canta décimas acompañándose con el guitarrón y posteriormente con guitarra. Y el otro canto folclórico, la tonada, la canción que no es con décimas, el acompañamiento de las danzas, ése era el canto de la mujer. Pero con el correr del tiempo también cantaron mujeres el canto con décimas, aunque tampoco esto era muy frecuente. Y la Violeta es de las que incursionó mucho en esta rama del canto y la interpretó bien”.

“Lo que ella hizo fue tomar la guitarra y empezar a cantar sin preocuparse de los atuendos, sin maquillaje y sin adoptar una pose exterior de figura “folclórica” al uso oficial. Y dándole una presencia protagónica en el canto a la mujer, porque hasta se momento los conjuntos eran predominantemente masculinos. Si algún día alguna mujer se dedica a estudiar el proceso de liberación femenina en Chile, tendrá que tomar en cuenta el rol de Violeta Parra en ese momento histórico. No porque haya teorizado o escrito artículos sobre el tema, sino por su actitud”.

En la misma línea, otros autores como Torres Alvarado (2004: 53-73) o Carla Pinochet Cobos (2010: 77-89) afirman que:

“Con un estilo austero, despojado al máximo de todo artificio, ella misma se liberó en el escenario del estereotipo de lo femenino que obligaba a la mujer a un permanente rol sensual y seductor. Violeta Parra construyó desde sí misma una nueva representación de la mujer popular”.

“(…) la figura de Violeta Parra, tanto desde el punto de vista biográfico como en lo que respecta a su producción artística, se encuentra atravesada por una reflexión en torno a la identidad femenina. Violeta se enfrenta a los modelos de mujer que predominan en la sociedad de la época, ya sea en el mundo rural o en la vida urbana. Su trabajo constituye, desde múltiples puntos de vista, una elaboración de las problemáticas que aquejan a su género, que da lugar a una síntesis particular que en algunos aspectos se ciñe a la tradición, y en otros la subvierte o cuestiona. Es de esta forma cómo, condicionada por una experiencia urbana de liberación femenina, Violeta se rebela contra la actitud pasiva y modesta de las cantoras campesinas, al mismo tiempo que, siendo ferviente defensora del bajo pueblo, reivindica las imágenes de la mujer popular y se opone a los ostentosos atuendos de las artistas del folclore”.

En 2011, el director de cine chileno, Andrés Wood estrenó su película Violeta se fue a los cielos (ganadora del Gran Premio Internacional del Jurado en el Festival de Sundance 2012) que narra la vida de Violeta Parra hasta su suicidio en 1967. Haciendo click en la siguiente imagen podréis disfrutar de la película:

Y para acabar os dejo con algunos de sus versos (con flores moradas como las violetas…) y con dos de sus maravillosas canciones (la ilustración que acompaña el poema es de Paloma Valdivia, :


Morado y negro son los colores que me persiguen
flores moradas, botones negros
líneas negras, puntitos morados
papel de carta con orillas negras
tinta morada
mostacilla negra adentro de un estuche morado
todas las tardes arreboles morados, hasta que el negro
de la noche los disuelve a su modo.
Un verdadero cuadro de morados y negros
mi reflejo en la luna del espejo quebrado
me deslizo en mi pena
se me olvidó reír
no tengo noción de la velocidad
a media voz me sale la palabra
y me extrañan los gritos del vendedor de naranjas
desembocar en llanto es mi destino si
no será ni en Agosto ni en la casa.
En Octubre tal vez en la calle
entre toda la gente que atraviesa las cruces
y entre los automóviles que hormiguean las rutas.
Yo lo dispongo así.
Treinta días cumplidos sin abrir las ventanas
ni una gota de agua
llanto seco. Ni un pañuelo salobre
ni una arruga mojada
como una ladrona fugitiva
me defiendo de lágrimas
entro y vuelvo a salir, no me detengo
abro y cierro la entrada que ventila mi alma
me encerré en la pintura
dos velorios y una fiesta frustrada
y para no sentir que me aprietan el cuello.
Pero hay que cargar con las espinas
masticarlas despacito
sesenta horas al día
sin mencionar las noches
que entre pesadilla y sobresalto
me apermasa los sueños
y me hiela los pies de añadidura.
Creí que disponía de fuerzas suficientes
pero me equivoqué en mis cálculos.
Los síntomas del llanto
me acosan en sus múltiples formas
ojos fijos en un punto no preciso
descoyuntamiento total del esqueleto
respiración difícil
sonajera de uñas molidas con los dientes
coloreando en su yema
la piel que me cuelga de la cara
como bolsa vacía.
Los cien peldaños de la escalera de caracol
y la brisa, pena funeraria
que me aflige la cabeza
todo todo aquí dentro de mi
tronco untándome la herida
sin reposo
me tambaleo como volantín
cortado en espacio espeso.

12 de agosto, día de mi mamita

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