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Amela Memić: Mi historia, mi mezcla

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9 09UTC mayo 09UTC 2014 por La lente violeta

Hoy Sarajevo reabre la Vijećnica, el edificio de la antigua Biblioteca Nacional. Han pasado más de 20 años desde que las fuerzas serbobosnias incendiaran la biblioteca el 25 de agosto de 1992. Y no se me ocurre una fecha mejor que hoy para compartir aquí la historia de mi querida Amela Memić -a la que estoy convencida que me unió el destino- que junto a Dzeni Dece se convirtió en el mejor recuerdo y referente de una ciudad de por sí maravillosa a la que no veo la hora de regresar…

El sitio de Sarajevo duró 1425 días y Amela, como muchos otros niños y niñas bosníacos (al respecto recomiendo leer Los niños de bosnia de Tania Lobato), también vivió ese tiempo en el exilio. Así lo recuerda ella y así lo vive hoy en día.

Gracias Amela.

***

Mi nombre es Amela. Soy una chica bosnia (¡y muy orgullosa de serlo!). Nací en la capital de Bosnia y Herzegovina, en Sarajevo. Pero también me siento montenegrina porque la familia de parte de mi padre es de Montenegro, y además casi toda la vida he veraneado en la costa montenegrina. Por otra parte, también me siento española porque España fue un “refugio” para mi familia y para mí durante la guerra en mi país entre 1992 y 1995. Y por si fuera poco, también me siento un poco catalana porque en Catalunya tengo muchos amigos que en los últimos diez años me han ayudado en todos los aspectos… Son más que amigos, ¡son casi familia! Ya sé que a muchos de vosotros os parecerá una mezcla imposible, pero para mí es la realidad. Es una mezcla de diversidades que enriquece mi vida…

Lo reconozco, no fue fácil ir aceptando toda esa mezcla, pero desde que era pequeña he aprendido a respetar lo bueno de la vida e intentar no agobiarme con las cosas malas. Intentar. Porque todos nosotros tenemos temporadas buenas, y otras no tan buenas.

Cuando hablo de mi vida, siempre hago una separación del período “antes de la guerra” y “después de la guerra”. En realidad, todos mis paisanos diferencian esos dos periodos, por lo menos los que nos acordamos de los sucesos que tuvieron lugar entre 1992 y 1995.

Amela y su familia en Sarajevo en 1987Yo tenía una niñez muy feliz… ¡muy, muy feliz! A día de hoy me acuerdo de muchísimos  momentos de “antes de la guerra” rodeada de la familia y mis seres queridos. Pasábamos juntos mucho tiempo, felices. Esa época terminó en el mes de abril de 1992. Sinceramente, para mí ese cambio no fue brusco. Mi madre, mi hermano y yo fuimos a visitar a mi padre que estuvo trabajando una temporada en el aeropuerto de Skopje (Macedonia). Fuimos a pasar un fin de semana, con cosas para pasar dos días, pero no pudimos volver a casa. Tanto mis padres, como el resto de la familia que seguía en Bosnia y Herzegovina pensaron que la guerra iba a durar unas semanas, como mucho unos meses. Desgraciadamente la guerra duro casi cuatro años. En Skopje estuvimos en casa de un compañero de trabajo de mi padre. Al principio, yo me adapté bien a todas esas nuevas circunstancias que para mí eran como unas vacaciones extra.

El día de mi décimo cumpleaños fue cuando me di cuenta de cómo echaba de menos al resto de la familia y fue en ese momento cuando entendí la seriedad de la situación. Después de siete meses en Skopje nos fuimos a España, a través de la Liga de derechos humanos y la asociación La embajada de los niños.

Fuimos los primeros refugiados bosnios que llegaron a España. Llegamos a Barajas con un vuelo chárter y de ahí nos repartieron por todo el país. A mi familia y a treinta personas más nos llevaron a Soria. En nuestro grupo también estaban tres compañeras de trabajo de mi padre con sus hijos. La verdad es que nos daba igual adónde nos iban a llevar… Para nosotros lo más importante era seguir juntos. La primera noche cuando llegamos a Soria nos alojaron en un hospital nuevo que aún no estaba abierto. Allí conocimos a una nuestra querida Sor Rosa Méndez, un ángel que nos ayudó a todos durante toda nuestra estancia en España. Al principio, en Soria teníamos piso, ayuda económica, clases de castellano, los niños íbamos a la escuela “La Arboleda”… Los que nos llevaron hasta allí debieron pensar también que la guerra iba a durar poco porque al cabo de seis meses en Madrid, 1993. En el Retiro con Sor RosaSoria nos quedamos sin la ayuda económica. Los sorianos se portaron muy bien y se organizaron para ofrecernos alojamiento, pero había que vivir de algo… Así que mis padres decidieron que lo mejor sería mudarnos a Madrid ya que mi padre encontró allí un trabajo. El dueño de una empresa de construcciones le dio un trabajo a mi padre y nos ofreció un piso los primeros seis meses, así que éramos unos refugiados viviendo en el centro de Madrid, al lado del parque Retiro. Sí, ¡era un lujo! Pero después de esos seis meses teníamos que seguir alquilando el piso porque de esa manera mi padre podía conservar su trabajo, aunque daba un 90% de la paga para el alquiler. Mi madre limpiaba un piso y una tintorería. Mi hermano iba a la escuela “María Inmaculada” porque Sor Rosa organizó todo para que mis padres no tuvieran que comprar los libros. Eso era un gasto enorme. Yo era pequeña para ir sola en metro hasta esa escuela, así que fui a la  escuela “La Almudena” que estaba al lado de casa. Veinte años después sigo en contacto con la profesora de educación física, mi amiga Cari, y con varios compañeros de clase. Cuando mi padre se quedó en paro, nos mudamos a un piso más pequeño que nos consiguió nuestro ángel, Sor Rosa. Y por aquel entonces yo también pasé a la escuela de mi hermano.

No tengo malos recuerdos de los años que pasé en España, ¡todo lo contrario! Aunque era pequeña, era consciente de que tenía la suerte de estar junto a mi familia y lejos de los bombardeos. Nosotros seguíamos todas las noticias para saber lo que estaba pasando en nuestro país, escribíamos cartas y buscábamos todos los caminos posibles e imposibles para que esas cartas llegaran a manos de nuestros familiares. Buscábamos contactos a través de la Cruz Roja, Médicos del Mundo, periodistas… Es imposible explicar con qué cariño, imaginación y esperanza escribíamos esas cartas. En el sobre también poníamos cerillas que rompíamos por la mitad para que la carta no pese mucho, mandábamos levadura en sobres pequeños, un poco de comida para mi periquito, chocolatinas en forma de monedas para alegrar a mis primos y a la vez intentar que la carta no pesara demasiado porque nadie quería llevar cartas pesadas. También mandábamos dinero, aunque con dificultad llegábamos a fin de mes…

En el Retiro vendiendo bebidas fríasA mi padre se le ocurrió empezar a vender bebidas en el Retiro. Creo que fuimos los primeros que empezaron con ese negocio allí. Sabíamos que era ilegal, pero no teníamos otra posibilidad y mis padres se lo tomaron como un trabajo más. Cuando teníamos tiempo libre, lo aprovechábamos para pasear por Madrid. De esa manera mis padres consiguieron que no estuviéramos pegados a la televisión y a la vez estábamos juntos, intentando no pensar mucho en la guerra. Aunque eso era imposible.

La guerra terminó con el pacto de paz firmado en Dayton en el mes de noviembre de 1995, y nosotros decidimos volver a casa cuando acabara el curso escolar. Yo estaba muy impaciente por volver: contaba los meses, los días… Como mencioné antes, España era un refugio para mi familia y para mí que nos abrió las puertas en los peores momentos de nuestras vidas. Más que agradecimiento, siento un vínculo muy fuerte, un sentimiento inexplicable. ¡España está en mi corazón! Pero, Sarajevo es mi ciudad, mi hogar.

Recuerdo que volvimos a Sarajevo el 16 de septiembre de 1996, sobre las tres de la madrugada. Llegamos a la casa de mis abuelos, nos abrió la puerta mi tío y decidimos no despertar a los abuelos para que no les diera un ataque al corazón porque ellos pensaban que íbamos a llegar al día siguiente. Entramos al piso y nos dormimos… Por la mañana sentí la mano de mi abuela que me acariciaba el pelo y oí su voz. Me desperté, pero no me atrevía a abrir los ojos porque no estaba segura de si era un sueño.  En ese momento recordé cómo miraba a otros niños que iban con sus abuelos por las calles de Madrid, especialmente en la época de Navidades. ¡Qué envidia les tenía! Pero a partir de esa mañana yo volví a estar con mis abuelos, mis primos, mis tíos… Durante cuatro años aquella situación tan simple nos había parecido algo imposible.

Amela en la actualidadJamás me he arrepentido de haber vuelto a Sarajevo. Cada año vuelvo a España, como traductora. Los primeros años con la ONG Paz ahora que organizaba campamentos para niños de mi país y después con la Asociación Mestres per Bòsnia y la ONCE que organizan estancias para los maestros de todas partes de Bosnia y Herzegovina. A todos los que participaron en esos proyectos les doy las gracias por su esfuerzo, su tiempo y el gran trabajo que han hecho.

Ahora tengo 32 años, he terminado un Máster en Ingeniería del transporte y también trabajo como guía turístico e intento transmitir el alma de mi ciudad a todos los que vienen a visitarla. Disfruto de la mezcla cultural del lugar donde vivo, intento disfrutar de la vida, hago lo que me gusta y paso el tiempo con la gente que quiero. Seguiré siendo bosnia, montenegrina, española y catalana por mucho que os parezca imposible, y estaré abierta a todas las posibilidades que me traiga la vida. Estoy convencida de que la vida es bella, pero para sentirla, ¡hay que vivirla! Yo seguiré adelante con mi mezcla, luchando y siempre con una sonrisa.

 

Amela con sus padres y su hermano***

Si queréis saber más sobre el conflicto en ByH y lo que supusieron los Acuerdos de Dayton, os recomiendo ver el siguiente documental: Bosnia. La paz dividida.

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5 pensamientos en “Amela Memić: Mi historia, mi mezcla

  1. Gràcies per compartir aquesta història, Sònia!

  2. CARIDAD PRIETO dice:

    ¡¡¡¡¡¡¡QUÉ BONITO, AMELA!!!!!!! Qué manera tan especial de contarlo todo.

    MUCHÍSMOS BESOS

  3. NATALIA ALMOROX dice:

    Amela, algo conocía previamente de su historia, pero me encanta como lo sabes contar con sencillez, cariño y agradecimiento hacía las distintas tierras que os acogieron a ti y tu familia. Un enorme abrazo y besos desde los madriles. Sigue siendo tan especial.

  4. […] bien, pero que a medida que la guerra se prolongaba los recursos para atenderlos fueron menguando (ella misma cuenta su experiencia aquí). También la atención mediática. “Nadie imaginaba que la guerra duraría tanto”, […]

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