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“Ciudad del silencio”: ¿una nulidad cinematográfica?

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27 27UTC abril 27UTC 2015 por La lente violeta

Ciudad del silencio (Bordertown en inglés) es una película de 2006 dirigida por Gregory Nava (El Norte, My family, Selena, American Family) y protagonizada por Jennifer Lopez y Antonio Banderas que aborda el feminicidio en Ciudad Juárez. (Que nadie se tire de los pelos antes de tiempo a causa de los prejucios). Como ya sabréis quienes os acercáis asiduamente a La lente violeta, ese es precisamente el objeto de estudio de mi tesis doctoral, la representación cinematográfica del feminicidio en dicha ciudad como caso paradigmático de la violencia extrema contra las mujeres.

Ciudad del silencioPero esta vez no quiero hablar del cine documental, que es mi foco de atención desde hace tiempo sino del cine narrativo del que ya hablé en el artículo “Cine de ficción y feminicidio: el caso de Ciudad Juárez” (Revista Mientras Tanto, núm. 121, 2014) y, en concreto, de Ciudad del silencio, con la que me reencontré en televisión hace algunas semanas.

Algunos “eruditos” de esos que saben más de cine que nadie y que vierten sus opiniones (subjetivas, obviamente) como si fueran ciencias empíricas y fuente de toda objetividad (aunque sobre su existenica también habría mucho que decir), escribieron en su momento lo siguiente sobre Ciudad del silencio:

“Cómo hacer mal cine con una historia apasionante. (…) tan comprometida como torpe, tan bienintencionada como inverosímil” (Carlos Boyero: El Mundo).

“Tratándose de un producto de gran presupuesto sobre un tema tan dolorosamente atroz (…) difícilmente se puede encontrar una película más ridícula, ineficaz, banal, risible y desvergonzada” (Javier Ocaña: El País).

“Pese a tener todos los ingredientes precisos para resultar creíble, resulta todo lo contrario. (…) todo el mundo debería conocer esta historia real, aunque sea mediante esta película que sólo le hace algo de justicia. (…) (E. Rodríguez Marchante: ABC).

En primer lugar le diría al señor Boyero que el feminicidio, el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres o tener un cuerpo sexuado como mujer, no tiene nada de apasionante, no se trata de una buena historia ni de un thriller espeluznante, sino del resultado de ese cruel sistema patriarcal que cada año asesina a unas 66.000 mujeres, según datos de Femicide: a global problem.

Por otro lado, no entiendo el ensañamiento de Javier Ocaña con este film. ¿De verdad no se le ocurre ninguna otra película “más ridícula, ineficaz, banal, risible y desvergonzada” (sic)? A mí a bote pronto se me ocurren unas cuantas.

Pero, sin duda, una de las críticas con más bilis es la de Fausto Fernández que escribía lo siguiente en Fotogramas:

“Gregory Nava vendió su alma, de cineasta, al demonio de las buenas intenciones sociales. Tal vez sea feliz y las enciclopedias le aseguren una discutible inmortalidad bajo el epígrafe de director latino concienciado, sin embargo todo lo que le felicitarán las oenegés le echaremos en cara aquellos que pusimos en él ciertas esperanzas hace casi dos décadas, concretamente en La fuerza del destino un melodrama-saga de pura cepa, sin la cargante voluntad de panfleto social de la que hace gala desde entonces. Lo lamentable de su cine actual, ramplón, televisivo en el peor sentido del término, es que ni siquiera transmite la rabia de lo que denuncia. Para mí, su único interés es el de ir montando capillitas folclóricas, ir beatificando santitas de una comunidad, la hispana, con complejo de inferioridad. La malograda cantante Selena o la reportera Lauren Adrian de Ciudad del silencio son fríos arquetipos, estampitas sin relieve. Los horrendos crímenes de mujeres en la fronteriza Ciudad Juárez no merecían una película que no sabe si jugar al thriller periodístico de investigación o al docudrama feminista. Tan aburrido como Veronica Guerin, Heroína u otros seudobiopics madres coraje de la misma cuerda, este capricho ególatra que Jennifer Lopez se ha financiado (liando a Antonio Banderas que en estas movidas tipo Imagining Argentina no suele estar fino) poco aportará al séptimo arte, aunque quizás ella solo buscaba un premio de Amnistía Internacional. Felicidades: ya lo tiene”.

¿Cargante voluntad de panfleto social? ¿Capillitas folclóricas? ¿Santitas de una comunidad con complejo de inferioridad? ¿Docudrama feminista? ¿Capricho ególatra que Jennifer Lopez? No sé qué problema tiene Fausto Fernández con Veronica Guerin, Heroína y el cine social en general y con el que visibiliza la lucha de las mujeres, en particular, pero puedo intuir algunas cosas… Por otra parte, la crítica tiene unos tintes etnocentristas que tiran para atrás.

Si bien es cierto que el film no pasará a los anales de la historia del celuloide y admitiendo que recae constantemente en estereotipos y simplificaciones, que utiliza la cosificación del cuerpo como reclamo, que prioriza la espectacularización por encima de la realidad, que no profundiza en las causas sociopolíticas, económicas y culturales de la violencia contra las mujeres, que apenas alude a la inoperancia de las instituciones políticas, que muestra, a fin de cuentas, el dedo y no la luna, etc., admitiendo todo ello, cabe destacar y poner en valor que probablemente sea el producto audiovisual que más ha internacionalizado la situación de las mujeres en Ciudad Juárez y que además recibió el reconocimiento de Amnisitía Internacional y el soporte de las propias madres organizadas en Nuestras Hijas de Regreso a Casa que afirmaron: “La película nos ha parecido bien, sólo que se quedaron cortos: lo que pasa en Juárez es mucho peor”.

La banalización de los crímenes de odio contra las mujeres y de la violencia machista en general no es patrimonio de Ciudad del silencio. Al contrario. La trivialización de la violencia contra las mujeres ha sido un recurso más que recurrente en toda la historia del cine ya sea como desencadenante de la acción, como punto álgido de la misma o como trama central. Y es que el filtro de LA CRÍTICA (encarnada en su amplia mayoría por varones) para con la violencia hacia las mujeres varía en función del grado de “obra maestra” del film otorgado por un supuesto cánon que ellos mismos se han creado. Así, desde Gilda y la famosa bofetada que Glenn Ford propinaba a Rita Hayworth y que la revista especializada Fotogramas califica como “ambigua” (ahora resulta que el maltrato puede ser ambiguo si la obra lo amerita…) a El último tango en París, pasando por Psicosis con sus 4 nominaciones al Oscar y otros hitos del séptimo arte como El hombre tranquilo, y dando un salto si se quiere hasta la saga Crepúsculo, la violencia contra las mujeres se ha frivolizado constantemente en la ficción audiovisual.

No pretendo hacer aquí una defensa a ultranza de Ciudad del silencio porque no estaría haciendo un buen análisis. Como he dicho anteriormente, reconozco perfectamente todos sus fallos tanto a nivel de contenido, principalmente, como a nivel narrativo, pero considero importante destacar que es uno de los pocos productos audiovisuales que ha mantenido una clara y firme denuncia contra el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN, o NAFTA, por sus siglas en inglés) y que ha vinculado sus consecuencias en México con el feminicidio en la franja fronteriza. Porque no se puede hablar de feminicidio en Juárez sin mirar hacia la industria maquiladora; sin hablar de los salarios de miseria, las jornadas extenuantes y la desigualdad económica; sin hablar de la objetualización de las trabajadoras de la maquila y de la indiferencia globalizada; sin mostrar la urbanización deficiente de las colonias pobres… Y eso -quizás sin demasiado tino estético y con demasiados aspavientos, no lo niego- lo hace, sin duda, este film.

Por otra parte, también me parece destacable la crítica explícita de la película a la mercantilización de los medios de comunicación y la supeditación de estos al poder económico por encima de su labor de investigación y denuncia y de su función social como garantes de la libertad.

Se dijo que la película no tenía credibilidad, pero es que, señores, todo lo que rodea a los crímenes contra las mujeres en Ciudad Juárez, resulta espantosamente increíble, especialmente el grado de impunidad. Se dijo también que la película hubiera ganado veracidad con un reparto “más mexicano” y estoy de acuerdo, en parte, porque ni Jennifer López como salvadora venida del norte, ni Antonio Banderas como periodista intrépido, ni Sonia Braga como señora de abolengo con conciencia, ni mi estimado Juan Diego Botto como hombre de negocios sin ella, estaban del todo finos en sus respectivas interpretaciones. Pero por esa regla de tres, ¿podríamos decir que Braveheart es poco creíble porque Mel Gibson no es escocés? ¿O que a La lista de Schindler le resta veracidad el hecho de que Lian Neeson no sea un alemán de los Sudetes? ¿O que Gandhi era menos fidedigna porque Ben Kingsley no es indio? Me parece un argumento tan vago…

El tema de la credibilidad o verosimilitud de un film me resulta resbalacido, porque como casi todo en esta disciplina, tiene una imprimación altamente subjetiva y más si se desconoce la realidad de la que habla la película. No se habló de la credibilidad, por ejemplo, de Gladiator (Ridley Scott, 2000) en la que los pétalos de rosas cruzaban sin problemas las ochenta filas de gradas, salvando los 57 metros de altura del Coliseo y desafiando todas las reglas de la Física, para caer sin problema en el centro del anfiteatro. Y tampoco se habló con tal saña de Frida (Julie Taymor, 2002) pese a que estaba rodada en inglés, la cual cosa me parece mucho más determinante a la hora de hablar de credibilidad que el origen del elenco.

Alguien tuvo el valor -a mi juicio con muy poco acierto- de comparar a Ciudad del silencio con aquel delirio gore medio esotérico de The Virgin of Juarez (Kevin James Dobson, 2006) y hay quien aseguró también en su momento que Ciudad del silencio era una “nulidad” cinematográficamente hablando. Sobre esto último, yo no diría ni que sí ni que no. Depende. Es verdad que a Ciudad del silencio le sobran estereotipos y conciertos de Juanes metidos con calzador, pero tiene elementos valiosos. Porque por mucho que les pese a algunos de esos críticos consagrados de los grandes medios, el cine, además de un arte (en ocasiones) y de una industria (casi todo el tiempo), debería ser también una herramienta de transformación social y quizás algunos prefieran supeditar esto último al uso magistral del color, a una utilización brillante del tiempo narrativo, a un montaje más expresivo o a la creación de personajes tridimensionales con la complejidad psicológica de la Mariana de Elena Garro o el Doug Stamper de House of cards. Quizás todo ello les produzca un profundo orgullo y satisfacción. Bien por ellos. Yo prefiero que el cine, como medio de comunicación de masas que es y como eminente instrumento de socialización, además de ambicionar lo sublime -concepto que siempre me recuerda a Jaume Vidal, quien fuera mi profesor de Historia de las ideas estéticas y de Arte del siglo XX en la UAB- contribuya a la construcción de un mundo más justo a través de la denuncia, de la sensibilización y del “demonio de las buenas intenciones sociales”. Solo les pediría una cosita: que desde su atalaya de críticos no nos vendan prejuicios como doctrina y teoría cinematográfica.

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