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La casa de Sole

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6 06UTC mayo 06UTC 2015 por La lente violeta

Hacía demasiado tiempo que no entraba en aquella casa. Todo estaba oscuro, pero olía igual. De repente sentí como si sus múltiples ojos se volvieran hacia mí. ¿Me habría reconocido? Notaba que me miraba de soslayo, con sospecha, examinando mi rostro, el largo de mi pelo, mis gestos… Me miraba como diciendo “me resulta conocida”, pero con esa mirada un tanto desconcertada y perdida que tienen las personas enfermas de Alzheimer.

Yo sí la recordaba y la reconocía. Recordaba el sobrao con aquella cuna metálica y aquel aire a Los otros que ya quisiera Amenábar. Recordaba la cochera y a Sole diciendo: “Levanta la bici y no vayas a esbarrancarme las paredes que luego me toca encalar”. Recuerdo el olor a manzanilla del corral y a los gatos recién nacidos escondidos entre la leña. Recuerdo cómo el mismo conejo con el que había estado jugando durante la tarde, se convertía en la comida del día siguiente. Y recuerdo las sopas de ajo y el lomo adobado y el olor a cocido con relleno, y los nevaditos y los almendrados guardados en la despensa. También se acuerda mi espalda del somier de muelles y el colchón de lana y recuerdo la pera para apagar la luz al acostarme, y el brasero bajo la mesa camilla, los calcetines de lana y el ganchillo.

Me acordaba de todo, pero aquella casa deshabitada en un pueblo de las anchas castillas ya no era la misma. Le faltaba el elemento principal: le faltaba Sole. Sole con sus rezongos, con sus cuentas hechas en un sobre en la mesa del comedor, con su genio y su tacañería, con sus manos en jarras en la cintura (gesto que heredó su nieta, la pequeña), con su tozudez de Sayago con denominación de origen, con sus abrazos y su orgullo de hijo poco confesado… Faltaba Sole y su eterno babi de medio luto, y su pelo blanco con reflejillos violetas, y el estar “bien amolada”, y el ir a setas de chopo con pantalones viejos de mi abuelo, y sus refranes, y sus geranios, y los garbanzos por pisar… Faltaba ella y a la casa parecía que se le caían las tejas y las paredes. De repente se esfumaba y ya no había trasera, ni corral, ni gallinero, ni parra, ni parlaos con las vecinas, ni albaricoques en los bolsillos… Desaparecía el olor a pimentón y el aroma a Heno de Pravia. Sin ella, sin su dueña, ama y señora, la casa de Sole ya no era nada más que un recuerdo, una ensoñación.

Salí, cerré la puerta, atranqué y la casa dejó de mirarme. Lo noté. Se estaba haciendo de noche. Miré hacia un lado y otro de la calle y la vi con nitidez: Sole venía de buscar leche con una niña pequeña y morena agarrada de la mano. La casa se volvió hacia la niña. Sonrió.

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