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Un viaje de cine con Antonietta y Francesca

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24 24UTC enero 24UTC 2016 por La lente violeta

El verano pasado viajé con mi compañero por el sur de Italia durante 11 días. Fue un viaje exento de prejuicios en el que las expectativas fueron superadas ampliamente por la realidad; un viaje también en el que me acompañaron fotogramas, escenas, diálogos e interpretaciones con nombre de mujer; un viaje en el que también descubrí otros nombres que me acompañarán en otros viajes…

Hace unos días, con la noticia de la muerte del cineasta Ettore Scola, recordé la primera vez que vi Una giornata particolare (Una jornada particular) (1977) en unas jornadas sobre arquetipos de género y prácticas culturales que organizaba la Fundación Pablo Iglesias en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Creo que fue en el otoño de 2011…

Una jornada particular es una historia de opresión dentro de otra Historia también opresiva: la del fascismo en Italia. El film transcurre en un escenario puramente doméstico durante el 6 de mayo de 1938, el día en que se ofrecía un desfile en honor de Hitler y de su visita a Roma. Es en ese contexto en el que Scola nos presenta a Antonietta Tiberio (Sophia Loren) y a Gabriele (Marcello Mastroianni), dos personajes apresados en los roles de género y en la sexualidad “reglamentaria” que la sociedad ha construido para cada uno de ellos. Antonietta encerrada en el arquetipo de la domesticidad, de la mujer-madre-esposa virtuosa y abnegada, del ángel del hogar y la sexualidad reproductiva. Gabriele, por su parte, en la heteronormatividad obligatoria.

A este escenario volví a mi paso por Nápoles[1] al entrar por primera vez en el número 56 de la Via Donnalbina. Empujamos la pesada puerta de madera que daba a la calle y me encontré en una de esas comunidades con un patio de luz central a cielo abierto. En ese instante recordé a Antonietta y aquel lento movimiento de cámara que se colaba por la ventana de su piso y nos presentaba su cotidianeidad en una atmósfera anodina, tediosa y de un color beige y grisáceo, llena de hijos, de ropa, con un marido fascista, machirulo y pusilánime que le decía que estaba hecha un desastre mientras ella se movía por la casa agotada, haciendo cosas y solucionando problemas como un hecatónquiro de cien brazos. “Madre no hay más que una. Aquí harían falta por lo menos tres. Una hace los cuartos, la otra avía la cocina y la tercera, que soy yo, se vuelve a la cama a dormir”, se decía Antonietta a sí misma al quedarse sola.

“En septiembre de 1969, un artículo de Redbook titulado «Por qué las madres se sienten atrapadas» dibujó una imagen de las amas de casa «desesperadamente ansiosas» que se sentían «presionadas» por sus múltiples obligaciones como esposas, madres y miembros de la comunidad” (Yalom, 2003: 404). Mujeres que como Antonietta habían renunciado a sus sueños individuales para asimilar el “¿Profesión? Ama de casa”; mujeres que convivían con aquella “inquietud extraña” y sin nombre de la que tanto nos habló Betty Friedan y que les hacía preguntarse “con temor” (Friedan, 1965: 29) si eso era todo lo que iban a hacer y ser en su vida.

Tras dejar Nápoles nos dirigimos a Salerno y Amalfi y de ahí a Matera y sus sassi, otra ciudad cargada de fotogramas y referencias cinematográficas en la cual se han rodado, entre otras muchas películas, La Pasión de Cristo (2004) de Mel Gibson o Viva l’Italia! (1961) de Roberto Rossellini. Y fue en las paredes de Matera que rodeaban el duomo (cerrado por obras) donde otra vez me encontré con la Loren -o más bien con la Antonietta que me perseguía desde Nápoles- y con mi pasión menos secreta: el cine.

Fascinados por la belleza de Matera y dejándonos llevar por mi empeño de freak cinéfila o, como diría mi pareja en su galego materno, por una arroutada de las mías, la ruta siguió hasta Bari, en el Adriático, para conocer la ciudad natal del personaje de Francesca Johnson, interpretado por Meryl Streep en Los puentes de Madison (1995).

Al llegar nos bajamos de un autobús urbano junto a la estación de tren de Bari. Lo primero que recordé fue un diálogo entre Francesca y Robert Kincaid (Clint Eastwood) (minuto: 01:13:45) en el que él le habla de su paso por Bari:

Francesca Johnson (FJ): Cuéntame de esa vez… que te bajaste del tren.
Robert Kinkaid (RK): Conoces la estación. ¿Conoces el café, con el toldo
a rayas, que queda al cruzar… y sirven arancini?
FJ: Y zeppolis. Conozco el lugar.
RK: Pues, allí me tomé un café.
FJ: ¿Te sentaste… cerca de la puerta, o cerca de la entrada de la iglesia?
RK: Cerca de la iglesia.
FJ: Yo sé. Yo también me he sentado ahí. Me senté ahí una vez, un día como este. Hacía mucho calor…
Busqué el café con el toldo a rayas, pero no lo hallé. En su lugar encontré un McDonald’s. Sobre este desencanto a los pocos días escribí en las redes lo siguiente: “Vine a Bari buscando un café con el toldo a rayas en el que sirven arancini y zeppolis, con la imagen mental que Francesca Johnson y Robert Kincaid me habían creado de la ciudad a través de Los puentes de Madison. No encontré esa cafetería. Quizás sea fruto de la imaginación de Robert James Waller o de Clint Eastwood. No lo sé y, tras la decepción cinéfila inicial, no me importa. Cualquier expectativa se quedó corta. Todo lo que encontré (laberintos de callejones, gente tomando el fresco en cada puerta, madonnas y santos por todas las esquinas, tejados llenos de antenas, el color del Adriático…) ha sido mil veces más maravilloso que cualquier imagen mental. Me voy enamorada de este trocito de Italia”.
Lo que sí me pregunté al irme -especulando, por supuesto- fue qué narices llevó a Francesca Johnson a cambiar un lugar como Bari por un pueblo de Iowa, qué hizo que le pareciera buena idea abandonar su profesión de maestra y largarse a la otra punta del mundo para vivir una domesticidad asfixiante… Primero, ilusa de mí, hice cálculos históricos y pensé que acaso fue pragmática y prefirió la quimera del “sueño americano” al fascismo y las penurias de la Italia de Mussolini (sí, el mismo escenario en el que Antonietta se tomaba el resto del desayuno de sus hijos y recogía cacharros mientras hablaba con Rosmunda, el mirlo que se escapaba de su jaula, convirtiéndose en una alegoría de las propias fantasías de libertad de Antonietta). Luego un golpe de realidad me hizo recordar mi propio trabajo sobre este film y reconocer que tanto Francesca como Antonietta encarnan esa identidad aprendida, asignada e interiorizada basada, como dice Marcela Lagarde, en “ser para los otros”. Una identidad para la que se nos sigue socializando como mujeres

“hacia lo privado, [y que] impone el modelo de amor romántico y las [nos] conduce a establecer un tipo de relaciones íntimas caracterizadas por la entrega total, la idealización del otro y el mantenimiento de creencias irracionales del tipo: “el amor lo aguanta/perdona todo”, “es posible cambiar por amor”, “necesidad del otro para ser plenamente feliz” (…). En este contexto las mujeres se embarcan en relaciones con una predisposición al sacrificio, la abnegación y la entrega respecto a la pareja y en general la familia (Dezca 2012)” (Gutiérrez y Delgado, 2015: 574).

Cierto es que no sabemos si la transgresión de Francesca solo duraría lo que dura el romance con Kincaid y si al irse con él hubiera acabado reproduciendo los mismos roles, encerrada de nuevo en la domesticidad de su “vida de detalles” y en el problema que no tenía nombre.

Los respectivos intentos de desobediencia, de huída y de ruptura con el arquetipo que protagonizan Antonietta y Francesca se acaban dando de bruces con la vuelta a la rutina, con la cena familiar y con esa socialización que actuó (y actúa) como un cancerbero que hace que los cuidados recaigan de forma prácticamente exclusiva en las mujeres. Y no es que éstos sean un trabajo denigrante, sino que además de continuar en manos femeninas (aunque sea de forma mercantilizada y subrogada a través del trabajo doméstico asalariado), sigue siendo un trabajo con un nulo reconocimiento social.

A fin de cuentas, la frustración de ambas protagonistas no recae siquiera en esa falta de reconocimiento -que también-, sino en la falta de autorrealización de sus propios deseos y en el profundo enraizamiento de sentimientos y valores tan perversos para las mujeres como la culpa, el sacrificio y la renuncia que dibujan una maternidad intensiva y un amor cautivo.

Francesca y Antonietta se definen a sí mismas en función de los otros (madre de, esposa de…). Trayéndolo a nuestra supuesta postmodernidad individualista y líquida nos encontramos con infinidad de productos culturales que siguen reproduciendo en pleno siglo XXI el mismo mensaje -para nosotras, of course- que no es otro que ese malévolo “Sin ti no soy nada” de Amaral. Estoy convencida de que las protagonistas de este artículo hubieran agradecido, por el contrario, escuchar alguna vez ese mantra feminista que dice “Sin ti soy yo”.

***

[1] La propia Loren, nacida en Roma, se trasladó con su madre y su hermana a Pozzuoli, una comuna de la Ciudad metropolitana de Nápoles, durante la Segunda Guerra Mundial. En una entrevista con Barbara Walters en 1990 la propia Loren afirmó: “¡Yo no soy italiana: soy napolitana! ¡Es otra cosa!”.

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