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Érase una vez: grietas feministas en los cuentos de hadas

13 13UTC abril 13UTC 2018 por La lente violeta

En 2014, en este mismo blog, escribí: «Hay que volver al cuento, pero no a los cuentos para dormir, sino a las historias que de verdad despiertan y que construyen ideas y nuevas narraciones. ¿Por qué no revitalizar aquellos cuentos clásicos de Perrault, de los hermanos Grimm, de Andersen…? ¿Por qué no adaptarlos a nuestros días, mezclarlos e incluir otros valores como el consumo responsable, la solidaridad o la igualdad de género? ¿Por qué no hacer que el príncipe encantador tenga miedo, que la princesa no sea frágil y pasiva, que la bruja tenga sentimientos buenos o que al hada madrina le falle la puntería con la varita de vez en cuando?». Lo escribí para presentar el proyecto de cuentos feministas Érase dos veces.

Por esas mismas fechas se estrenaba en España (primero en AXN y después en Antena 3) la serie de televisión Érase una vez (Once Upon a Time) y, con ella, algunas de mis demandas encontraron respuesta.

La serie, como seguramente sabréis, revisita los cuentos clásicos y los conecta entre sí mediante saltos temporales y espaciales entre el mundo “real” y supuestamente desprovisto de magia -encarnado en el pueblo de Storybrooke- y el Bosque Encantado y otros escenarios clásicos de los cuentos de hadas y de algunos otros relatos de ficción contemporáneos como Brave, por ejemplo.

En este contexto nos reencontramos con Blancanieves y la Reina Malvada; con el Rumpelstiltskin de los Hermanos Grimm y el capitán Garfio de J. M. Barrie; con el Príncipe Azul, Maléfica, Bella y los siete enanitos…; y así nos vamos topando con muchos personajes que nos acompañaron en la infancia e incluso con otros seres mitológicos y personajes de ficción como Lancelot, Robin Hood, el Rey Midas, el dios griego Hades o Victor Frankenstein. Todos ellos acompañados de Emma Swan (la gran heroína de la serie) y Henry, su hijo, que son los encargados de conectar y reconciliar, en cierta forma, ambos mundos.

Para una fanática del género fantástico como yo, tolkieniana confesa -aunque la obra de Tolkien no pasaría el Test de Bechdel ni por casualidad-, fascinada por la valentía de Willow de niña, debota de Tim Burton desde que tengo uso de razón y devoradora de realismo mágico desde la universidad, la aparición de Érase una vez suponía una tentación irresistible.

Si bien es cierto que algunas tramas resultan enrevesadas y que tras seis temporadas y media quizás ha llegado el momento de que los guionistas (creo que todos son hombres) le brinden un final épico digno y pasen página -tal como se anunció que sucederá el pasado mes de febrero-, es justo reconocer que, al ponerla bajo la lupa feminista, la serie nos ha dejado para el recuerdo varias cuestiones interesantes:

  • Viajes iniciáticos -tradicionalmente reservados en la literatura y el cine fantástico a los varones- protagonizados por heroínas (en su blog, Jennifer Izquierdo nos contaba ya en 2013 que más de un 70% de los personajes de la serie eran mujeres).
  • Buenas y malas complejas, interesantes y con matices.
  • Un liderazgo femenino indiscutible.
  • La transgresión y subversión de los mandatos y roles de género.
  • Maternidades y paternidades conscientes y diversas.
  • Y, sobre todo, algo que dinamita las versiones heteropatriarcales originales de los cuentos y que, por desgracia, sigue sin ser habitual: las historias de amor lésbico entre Caperucita Roja y Dorothy (sexta temporada) y entre Alicia y Robin (esta última, hija de Robin Hood y la Bruja Mala del Oeste).

Hoy, 13 de abril, Día Internacional del Beso (porque ahora tenemos días internacionales para todo), os dejo de regalo estos besos subversivos. Qué diferente es el cuento sin cazadores y príncipes salvapatrias, ni “lobos” depredadores que acechan, ni princesas pavisosas. Qué diferente es el cuento cuándo ellas deciden sus causas y deciden por qué luchar.

 

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