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¿Las calles serán siempre nuestras?

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17 17+01:00 julio 17+01:00 2019 por La lente violeta

[Perdonad todo este tiempo de abandono. No he estado inactiva ni mucho menos y pronto seguramente os agobiaré con diferentes publicaciones que irán saliendo, pero en los últimos meses he estado disfrutando también de mi embarazo e intentado blindarme un poco.

Como sea, aquí tenéis este artículo que escribí hace algunas semanas para El Quinze (Público) sobre urbanismo y perspectiva feminista].

“Els carrers seran sempre nostres!” (“¡Las calles serán siempre nuestras!”). En los últimos años, ¿cuántas veces debemos haber gritado esta frase –seguida de sus características nueve palmadas– por las calles de Barcelona y de otros municipios y pueblos de Catalunya? Y también durante los dos últimos y masivos días 8 de marzo gritábamos con más fuerza que nunca, hasta desgañitarnos, que la noche y la calle eran nuestras. Pero, ¿son las calles realmente para las mujeres?

Hoy esto es un deseo, una propuesta, una aspiración, una lucha, si se quiere, pero no una realidad. No, las calles no son nuestras. Las ciudades no son nuestras. Las mujeres vivimos en espacios que nos son ajenos, que no han sido pensados por mujeres ni para las mujeres; espacios llenos de edificios fálicos e imponentes, calles atestadas de vehículos a motor, parques cada vez más asépticos y menos verdes, cielos con índices de contaminación alarmantes, y pasos subterráneos y descampados por los que nosotras nunca pasaremos.

Es cierto que la perspectiva de género aplicada al urbanismo ha hecho hincapié en muchas de estas cuestiones, especialmente durante la última década, y que se han hecho pequeños avances –a menudo relacionados con el transporte público y los espacios comunitarios–, pero la verdad es que seguimos
viviendo en ciudades globales que, según la socióloga y economista estadounidense Saskia Sassen, son “lugares estratégicos para la valorización de los componentes conductores del capital y para la coordinación de los procesos económicos globales”.

Subsistimos y ocupamos las grietas menos inhóspitas de ciudades-marca; ciudades en venta que son producto del neoliberalismo; ciudades posmodernas, fronterizadas y llenas de “no lugares”, como diría el antropólogo francés Marc Augé, donde las relaciones sociales se imposibilitan y donde las brechas
de desigualdades –también de género– se ensanchan día a día. Ciudades fagocitadas por el capitalismo gore del que tanto nos ha advertido la filósofa mexicana Sayak Valencia: “La globalización va estrechando distancias y borrando diferencias de una manera perversa y deshumanizada. […] Por un lado los jóvenes de los barrios periféricos de las grandes ciudades asimilan masivamente las normas y los
valores consumistas. Por otro, la vida precaria y la pobreza les impiden participar plenamente en las actividades de consumo y en las diversiones comerciales. De esta contradicción surge con fuerza un chorro de sentimientos de frustración y de exclusión”.

Por todo esto, hay que ir más allá. Ya no son suficientes las marchas exploratorias que ponían el foco en cómo vivimos y cómo vemos las mujeres en la actualidad los espacios que nos rodean, con una mirada bien específica, marcada por el género, sí, pero también por la clase social, la religión, la racialización…
Necesitamos, como dice el título de un muy recomendable libro de Florencia Brizuela González y Uriel López Martínez, descentrar la mirada para ampliar la visión.

Hay que valorar todo lo que se ha hecho para lograr un urbanismo inclusivo, como por ejemplo los diagnósticos de seguridad y los mapas de las ciudades prohibidas relacionados con la violencia física, verbal y simbólica que las mujeres padecemos en la calle, o los análisis sobre el uso del espacio público desagregado por sexo y edad, por citar sólo algunos sectores de incidencia. Pero ahora es necesaria,
en palabras de la arquitecta Anna Bofill, “una visión de la ciudad amplia, holística, que abrace desde los espacios del vivir íntimos hasta los del hábitat compartido y colectivo; desde los usos domésticos hasta las infraestructuras urbanas y el planeamiento; desde los aspectos de la inseguridad y el miedo hasta
los temas de movilidad; desde los movimientos sociales urbanos y las asociaciones de vecindario hasta las políticas urbanas”.

Y para conseguir esta mirada de un alcance mucho más amplio resulta imprescindible ir más allá de los límites del género y abogar por un urbanismo abiertamente feminista e interseccional, que incorpore al análisis diferentes ejes de discriminación y que apueste por unas políticas públicas concebidas para la vida y la supervivencia, para el cuidado, para lo cotidiano, para la interdependencia, para la diversidad; unas políticas públicas que defiendan e imbriquen todas las formas de trabajo –productivo, reproductivo, voluntario, asalariado, comunitario…– y que construyan ciudades más habitables.

La reflexión, el discurso y la praxis deben volverse interdisciplinares y desprenderse de los marcos tradicionales del desarrollo, del crecimiento económico, de las mejoras urbanas maquillaje, los grandes ejes, los centros urbanos, las megaoperaciones y los supuestos centros productivos… Y uno de los terrenos donde también hay que deconstruir estos marcos es en los currículums universitarios de todos aquellos estudios vinculados estrechamente con la planificación urbana: la arquitectura, el urbanismo, la geografía…

Sólo desde aquí las mujeres y los colectivos más vulnerabilizados de nuestra sociedad podremos empezar a apropiarnos de los espacios que habitamos y transitamos de puntillas y aprovechar el potencial de acción social y política que tienen, para crear, como dice Sassen, “nuevas formas de acción e identidad ciudadanas” que nos permitan gritar, ahora sí, que somos mujeres, que no tenemos miedo y
que las calles y la noche serán siempre nuestras de ahora en adelante.

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